viernes, 9 de febrero de 2018

“Chamán Chacra”, una tragedia muy común


Por Patricia Báez Martínez
Estupefacta y dolorida está toda la sociedad, no sale de su asombro de violencia social generalizada y entra en un laberinto salvaje en el que los cuerpos exánimes de cuatro personas yacen y cuelgan como prueba fiel de una masacre cometida por un psicópata. El principal sospecho es un joven adulto, paterfamilias, mecánico de motos de la marca Harley Davidson, asalariado, aficionado a la música rock metal y al estilo de vida que ella envuelve. Los propios integrantes de la comunidad metal –aunque incrédulos ante la barbarie- se sienten indignados, porque por sobre el color negro, los tatuajes, los piercing, la música metal, un tabaco de marihuana y/o uno que otro trago de whisky, está el factor humano. ¿Cómo matar a la esposa? ¿Cómo matar a los hijastros? ¿Cómo matar al hijo nonato?

Los propios “metaleros” están horrorizados y una buena parte de la sociedad -deseosa de más sangre (aunque de manera inconsciente)-, entre los que se encuentran los medios de comunicación, pretende desatar una cacería de brujas contra aquello y aquellos que representa/n lo metal en el país. Sin embargo, consideramos que la cultura metal no es la causa de la matanza del barrio Enriquillo, sino la violencia machista que se ha enseñado históricamente contra mujeres y niños, precisamente el tipo de víctimas mortales de esta tragedia. Por lo que la historia de esta familia y la escena del crimen –con el perdón de los deudos- nos resultan de lo más común en medio de la epidemia de violencia machista que vive nuestra sociedad.

¿Por qué una tragedia común? 1) La matanza del barrio Enriquillo, en el Distrito Nacional, -presumiblemente- se da desde una persona con poder, el padre de familia, hacia personas consideradas -en la cultura tradicional sexista-machista- como de menos poder (el típico abusador);  2) ocurrió dentro de las paredes del hogar, donde –por lo general- se expresa la violencia de género o machista contra mujeres y niñas; 3) fueron asesinadas cuatro personas con vínculos sanguíneos (una madre y sus tres hijos), lo que se corresponde con un patrón de violencia machista que procura borrar de la faz de la tierra a la mujer y su descendencia, llevándose de cuajo (en muchos casos), la vida del homicida, algo que no ocurrió en este caso específico; 4) los cadáveres de las niñas aparecen boca abajo, desnudos y con las piernas abiertas, mientras el del niño está vestido y cuelga del tubo del closet. Esto nos hace suponer que las niñas tenían un atractivo sexual para el asesino del que carecía el niño, un tipo de preferencia sexual (hetero) muy común en la mayoría de los violadores sexuales de esta sociedad; y 5) una cantidad significativa de feminicidas e infanticidas –y, a veces, hasta suicidas- son personas que antes de cometer el crimen presentan un perfil de adaptación social óptimo, causando confusión y estupor entre aquellos que creían conocerle (el clásico: pero él era una persona pacífica, que no buscaba problemas con nadie, no era violento, etc.).

Al ver este cuadro típico de violencia machista, entonces lo rockero-metálico pierde sentido e importancia. La resultante no es que la cultura metálica del presunto asesino múltiple provocó la tragedia del barrio Enriquillo que nos consterna a todos, sino que la violencia machista está muy enraizada en todos los grupos sociales sean estos de género, etáreos, estudiantiles, profesionales, culturales, económicos, delincuenciales, etc.

Como sociedad, nos queda esperar el resultado de las investigaciones, dejando a un lado los prejuicios, los rumores y las maledicencias, para no caer en el error de mitificar lo común o “el pan nuestro de cada día” que cada año arroja la fría estadística de más de ciento veinte mujeres asesinadas a manos de sus parejas o exparejas; para no extrapolar a todo un grupo cultural el crimen presuntamente cometido por uno de sus miembros, y permitir que los investigadores hagan su trabajo sin las influencias del morbo colectivo.

Paz y justicia para las vidas idas a destiempo, y cárcel para su/s asesino/s.


La autora es periodista y politóloga.

miércoles, 3 de enero de 2018

Las hojas muertas
















El silencio de las hojas muertas espanta
Carcome la palabra pensada
Ya no ríen en la altivez de la rama
Apenas murmullo de hojarasca.

Ellas caen envueltas en su ruido sordo
Al endulzar con lágrimas el café de la mañana
Se hacen testigo de la espera
De la taza que vacía acompaña a la dama.

El ocre se va adueñando de la estancia
Que en las tardes habitaron los versos
Leídos con temblor de enamorados
Descosido el pudor de los amantes.

Ellas vuelven a caer hoy
Hoy que el sol se oculta, huidizo
Y la niebla de Las Manaclas se asoma
A entornar una ausencia que mata y remata.

Su muerta anatomía lo cubre todo
Y hasta la dama semeja un espectro
El rezago de una vida ya ida
El borrón de un estúpido verso.

La dama desespera y desgrana las horas
Para tejer cada pieza con hebras y hojas
Acariciar sus dedos las geografías exánimes
En los umbrales de una espera sin tic-tac.

La lluvia las macera
Las conmina a la ruptura
De sus cuerpos yertos,
A la transmutación con la tierra infértil.

La dama muerde el borde de su taza e
Hiende la vida que se escapa en ella
Sus ojos ausentes y petrificados a la distancia
Al horizonte de los adioses y los regresos. 

Patricia Báez Martínez
3 de enero de 2017

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Espera


Me tomo otro café en este banco ficticio
Lo endulzo con la calidez de tu palabra,
Escrita o hablada,
Augurando el consuelo de la cafeína.

He confiado a F5 la labor de hallarte
En los encriptados laberintos de gmail.
Se ha desmoronado la esquina virtual
Mesa para dos, mientras el mundo ignora el torbellino.

Cada cierto tiempo vuelvo al lugar
Que anoche habitamos en la irrealidad
Carcomiendo el deseo de acortar distancias
Imaginando noches de poesía y nicotina.

Una duda fatal me asalta
Mas no puede la vida ser tan canalla conmigo
Algunas cuadras de tu vida habremos de caminar juntos
En la condición que la vida nos designe.

De sed ha sido saciado mi ser
Y tú guardas la llave del lago de los versos
A su orilla, bajo un sauce llorón nos sentaremos,
Cigarrillo y lápiz en mano, a componer un presente sin re-verso.

El nuestro.

Patricia Báez Martínez

domingo, 19 de noviembre de 2017

Corazón de neón


Larga es la noche de los silencios
Aquí sus siglos de humedad lo engullen todo.
Toco mi cabeza con sombrero de deseos
Y el cuerpo lo llevo al pelo.

Del otoño, el frío no me alcanza,
Mis huesos no conocen su crujir
Salgo en busca de un corazón
Para dividir la madrugada entre dos.

Las aceras y calles conservan el agua aún.
Alguna retrasada gota cae en el ala del tocado,
En tanto mi cuerpo va seco,
Busca abrevar en las fantasías de los infieles.

Nadie mira la piel que me cubre:
Sus moretones, estrías y arrugas;
A nadie le importan mis carnes
Siquiera a los huesos que las sustentan.

Desemboco como durazno maduro en la ancha avenida:
Rápidas luces en doble vía.
La misma humedad precedente
Y  bombillas moribundas.

Las luces de neón me hacen guiños:
Azul, rojo, naranja, verde, violeta.
Todas en una absurda competencia
Por el haz inquieto de mis pupilas.

Una que otra sombra que viene
Otra que va, alguna que roza
Y eriza mi vestido de piel
Ése que por instantes revolotea al toque de la brisa.

Luces aquí, luces allá,
Todas iguales.
Inquietantes, juguetonas, vivaces.
Todas anuncian o venden algo:

Comida rápida, medicina,
Conciertos de rock, estrenos de películas,
Sexo xpress, al detalle y completo;
Mas ninguna ofrece amor.

Y este cuerpo tiene hambre de amar,
Salió en busca de un corazón de neón
De una oferta atractiva
Rica en colores y destellos, capaz de convencer.

Una propuesta que desvista  la piel,
Acaricie el alma y bese cada músculo
Cada tendón, cada cartílago
De un cuerpo en carne viva.

Que la oferta incluya, gratis,
La brisa que haga volar  calle abajo el sombrero
Y así regresar toda vestida de amores,
Talismán contra el mal tiempo de la fría noche.


Poema de Patricia Báez Martínez. Prohibida su reproducción.



sábado, 18 de noviembre de 2017

Memorias de un vaso foam

(Cuento de la autoría de Patricia Báez Martínez que será incluido en su libro 'Burbujas en el tiempo').

Estoy aquí
Uno entre tantos
En espera de las nerviosas manos que me rescaten
Que me sacien con el dulzor
De la boca que se asome al borde
Y me afluya, trago a trago, sorbo a sorbo
Y me muerda, desprevenidamente, sin pensarlo siquiera,
Y grabe sus huellas en mi canto, como chupones.


Continúo aquí, en espera de los ojos que dediquen una mirada
-primero escrutadora y luego decepcionada- a mi túnel cónico.
De las manos que me lancen al asfalto de la Duarte con París o la París con Duarte –anyway-,
del agua lluvia cargada de partículas tóxicas que me obligue a correr
cuneta abajo, a veces rezagado en una esquina,
otras detenido por un montículo de cartones de jugo, fundas de galletitas y arena con escupitajos, hasta caer en el abismo o lo que queda de él,
deslizarme antes en su cascada y caer girando como la flor del roble.
Allí dentro el sonido del agua es ensordecedor.
En un rápido vértigo me deslizo por la oscura cañería.
A veces un rayo de luz que se cuela por el hueco de otro abismo
que dejó de serlo desde el momento mismo de mi caída en desgracia.
Voy más que corriendo, el agua y su fuerza expansiva me llevan a millón.
Transcurren minutos, quizás horas, que parecen interminables en ese asqueroso y oscuro túnel. Al fin una pequeña luz que se va agrandando en la medida en que el agua me empuja.

¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!

Soy lanzado a una superficie azul y amplísima no sin que antes la presión y fuerza del agua que me traía me zambullan, pero emerjo, y me doy cuenta de que no sucumbí, porque estoy destinado a emerger, a resistir.
Floto, planeo el agua, que es salada, y el candente sol me plancha contra ella.
Después de esos besos, de esos sorbos, del vahído del abandono, estoy a la deriva
en una inmensidad que desconozco y desconsuela.
Algo me pica el trasero y se aparta, vuelve y me lo pica y se aparta. ¿Qué es?
Mientras, una sombra planea en redondo sobre mí y, de repente, se lanza en picada
Viene hacia mí, me atravesará con esa puya evidentemente asesina.

¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyy!!!

¡Plash!

El agua salta sobre mí, me zambulle, emerjo y me lleva para allá y para acá y de aquí para allá.
Me mareo, pero puedo ver que la cosa grande lleva algo aprisionado en la puya asesina
Y ese algo brilla a la luz del sol y se mueve oscilante queriendo zafarse de la puya en cada oscilación.
Todo ha sido muy rápido, apenas lo puedo comprender.
Sigo a la deriva y me encuentro frente a frente con alguien
que se autopresenta y dice llamarse ‘Doña Hez’.
Mirándome por encima de los hombros (tiene sus motivos para presumir, pues como me narró, ella tiene su origen en la máquina más perfecta, la Superian, la cual inventó la máquina que me creó a mi), insufla aire y me explica que estamos en la mar y que ambos somos desechos de los Superiores, solo que yo soy de los peores porque no me degrado (todo un contrasentido ¿No?).
Mientras, se pavonea de un lado a otro porque –como dice ella-  es una basura bioló…
No termina bien de decir la frase y una boca dentada se abre desde el agua y la engulle.
Adiós, Doña Hez”, atino a decir con el hilo de voz que aún conservo sin proponérmelo.
El sol ahora quiere morir, veo sombras negras que surcan la otra mar de un extremo a otro rompiendo la monotonía y el leve sonido del agua que me sustenta, mientras yo sigo a la deriva, no puedo hacer nada, porque nada depende de mi voluntad.
Me duermo no sé por cuánto tiempo, y un golpe seco en el borde me despierta.
Perdón, debí quedarme dormido”, le digo a la chata que ni atención me pone, absorta en sus jipidos.
Esta dice llamarse ‘Chancleta’ (a secas, no tiene título nobiliario) y no para de llorar.
Me cuenta que tiene una hermana gemela y que su madre pensaba hacer un viaje en yola a otra isla, pero que fue lanzada a las aguas.
En el forcejeo perdió a su hermana y a la madre, ambas a la vez.
Dice que es muy joven, que la adquirieron precisamente para el viaje, que tiene toda una vida por delante, pues aún no tiene un pincho atravesado en la banda para funcionar, pero que sin su hermana gemela no vale nada, que terminará -con la mejor de las suertes- fundida y convertida en neumático.
La invito a que flotemos juntos, a lo que de manera automática dice sí entusiasmada
como si hubiese estado llorando solo para llamar mi atención.

Vivimos la noche a la deriva
En la inmensidad atravesada por la claridad lunar
Saltando de ola en ola
Confiando nuestros sueños truncos a las estrellas,
Únicas confidentes de los náufragos.
El otro océano empieza a metamorfosearse
De negro se va difuminando a gris
Por un extremo se tiñe de un rojo intenso
Como las cerezas que antes saciaron mi ser
En los tiempos de los labios, los sorbos y los chupones.

“Va a amanecer”, dice Chancleta sin que le pregunte y rompiendo un silencio ritual que se impuso entre ambos sin acuerdo previo.
Estamos mudos ante la presencia inagotable y mutable de la naturaleza ignorada.
Llegan los destellos de luces anaranjadas, luego las amarillas, y con ellas el calor.
A estas horas ayer estaba en la esquina de una intersección:
Los bocinazos desesperados, el intermitente sonido del guayahielo del frío-friero:
“Oyeeee. Lo tengo de frambuesa, chinola, limón, jagua…”
El “parque-Marión-universidad”, de unos tígueres enganchados en rectángulos rodantes.
El murmullo de abejón que se consolida a retazos de cientos de voces que tratan de sobrevivir al silencio que impone el hambre.
Allí estuve yo, pero hoy estoy aquí, a la deriva y con una marca que delata mi pecado.
El agua nos lleva y nos trae, no podemos hacerle resistencia.
Nuestra única voluntad posible, es mantenernos unidos.
Veo a un grupo y me voy acercando, hablan entre ellos, parecen planear algo.
Yo quiero llegar a la orilla, porque sé que allí me recogerán y tendré la oportunidad de otra vida”, vaticina una botellita de agua abollada.
Yo quiero seguir flotando y llegar hasta Miami, en esta isla la cosa está muy dura”, dice una destemplada funda plástica llamada ‘Gracias por su compra’.
Jeg ønsker å gå tilbake til Norge, sikkert er min femledede mester ute etter at vi skal fiske sammen…”, habla sin ser entendida una bota nórdica de voz ronca y envejecida que es rápidamente interrumpida.
Yo quiero llegar a la orilla, estoy segura que algún indigente me necesita para entrarme en su saco de corotos”, gritaba por encima de todos un plato plástico que más tarde me contó que terminó en la mar porque el río entró a la casa de su dueña y se llevó de un solo golpe de agua la casita. No sabe qué ocurrió con ella, sólo recuerda sus ahogados gritos de auxilio en medio de la noche y la anchura del río. “Tanto que se la daba y no sabía boyar”.
Bueno, a mí me da igual porque yo no tengo quién me extrañe, era parte de un gran árbol y de tantos choques contra los arrecifes fui reducido a un palito seco y descortezado. Me da lo mismo quedarme aquí, solo o en esta isla artificial que hemos formado, o terminar en la orilla, hasta que un viejo pescador me recoja y me eche a una hoguera que le cocinará un locrio de pica-pica a orillas de la playa”.
Un momento, compañeros y compañeras, no deben olvidar que en la unidad está la fuerza, debemos continuar así como estamos: Unidos, y formar una gran unidad, una gran confederación de basura, no importa nuestro origen y el motivo que nos trajo hasta aquí, lo importante es la fuerza que nos mantiene unidos y determinar nuestro objetivo, que debe ser la existencia libre y soberana, el autogobierno, la conformación de otro territorio en base a los desperdicios de aquellos que dicen ser Superiores, que nos usan y nos lanzan, porque al crearnos se autoproclaman dueños de nuestros destinos. Mientras más grandes seamos, menos mar tendrán ellos…”
“Siiiiiiiiií”, algunos corean.
…también menos comida, porque los peces morirán atrapados y contaminados por nuestras compañeras las latas. Y lo más importante: Los de las guayaberas rameadas y las cámaras dejarán de venir a estas playas porque sus cortantes proas no podrán quebrantarnos como hasta ahora lo han hecho de una forma arrogante y prepotente, nos  atascaremos en los motores y los ahuyentaremos,  entonces viviremos tranquilos, como amos y señores de esta vasta superficie que ellos ignoran y solo utilizan para deshacerse de nosotros”.

Unos síes no convincentes y unos puños levantados, obtuvo el discurso de la líder ‘Lata de soda’.

Un compañero se acercó a mí y me contaba su travesía cuando una gran ola reaccionaria nos atrapó a todos conspirando y nos zambulló, la fuerza de la ola me empujó a la orilla. Ya no vi más ni a ‘Chancleta’ ni a ‘Plato Plástico’. Olas menores me siguieron sacando a la orilla sin poder evitarlo. Era el naufragio del naufragio. Los rayos de luz eran intensos pero podía ver la arena, rocas y montones de compañeras y compañeros que esperaban en la playa por su destino final.
Pasé horas en un constante vaivén de olas hasta que al fin éstas me escupieron y quedé rezagado en la arena, mareado, aturdido. La brisa me fue secando y arrastrando. Estaba más magullado que cuando me lanzaron a la cuneta. Si antes culpaba de mi mala suerte a quien me lanzó al asfalto, ahora ¿A quién culparía de los nuevos daños? ¿Qué juez me escucharía?
Ven, arrímate a nosotros, no temas, que si te acercas mucho a la orilla terminarás naufragando de nuevo. Aquí estamos a salvo”, me dijo un vaso plástico a quien un Superior le clavó los dientes y tiró, causándole un desgarro de principio a fin que lo inutilizó para siempre. Había una gran multitud, casi llenábamos toda la playa, parecíamos el público de un concierto de Pink Floyd en Latinoamérica.
Yo sé que voy a estar aquí (mira con cierto aire de superioridad) solo hasta mañana, porque alguien vendrá a recogerme. Todavía soy útil”, decía una botellita de agua saboreando con regusto su última palabra.
Una risa sarcástica soltó el plástico de lo que una década atrás fue un obsoleto radio, que con un lenguaje mordaz le espetó: “Cualquiera cree que es en una limosina que te van a recoger, muchacha, aterriza que es en un camión; te van a meter en un saco, y tardarás días allí encerrada, hasta que llegues a una fábrica donde te clasificarán. Si llegas sin abolladura ni rasguño, te reusarán, pero si llegas con daños, que es lo más probable, te van a dar candela hasta perder tu curvilínea figura y terminarás siendo cualquier cosa, menos lo que hoy pregonas ser”.
Me fui alejando del barrullo, así como la tarde fue cayendo y la brisa me iba secando. A veces algún Superior quería bajar a la playita a ver la mar, pero cuando nos veía allí congregados se atemorizaba y daba media vuelta y se iba, se aterraba como si nosotros tuviésemos poder, el poder de devorarlo. ¡Ahhhhh! Si supieran que aún después de lanzarnos seguimos dependiendo de ellos para nuestro destino final.

Se me escapa un suspiro de resignación sin poder evitarlo y, de repente, algo me arropa, me oprime, siento asfixiarme, me lanzan contra una pila de maderos y palos secos, me apiñan en el centro junto a otros compañeros de plástico, lanzan un líquido hediondo sobre todos nosotros y unas manos tratan de encender fuego muy cerca. Podemos ver el primer intento frustrado y suspiramos en medio de inútiles gritos de auxilio, vuelven a intentarlo, pero la brisa vuelva a actuar a nuestro favor. Un tercer intento ¿Será la vencida? Es hora de despedirme de este mundo, de mi corta existencia. Cierro los ojos y me dejo llevar. Oigo los gritos desesperados de los compañeros, la luz y el calor se expanden y me doy cuenta de que fue la vencida, una lengua de fuego me alcanza y comienza a devorarme, me encojo, hago burbujitas de poliuretano, crujen los maderos y los palos secos debajo de nosotros, un golpe de brisa da más bríos a las llamas, el fuego ahora me cubre todo, me derrito candente, me vuelvo negro, peligrosamente burbujeante, me adhiero a los maderos y palos secos y los obligo a quemarse y a hacer combustión de la misma forma que a mí me obligaron a quemarme y a hacer combustión, y así yo también me convierto en Superior, pues estoy haciendo daño a otros. Sí, esa fue mi transformación: De víctima a victimario.