domingo, 19 de noviembre de 2017

Corazón de neón


Larga es la noche de los silencios
Aquí sus siglos de humedad lo engullen todo.
Toco mi cabeza con sombrero de deseos
Y el cuerpo lo llevo al pelo.

Del otoño, el frío no me alcanza,
Mis huesos no conocen su crujir
Salgo en busca de un corazón
Para dividir la madrugada entre dos.

Las aceras y calles conservan el agua aún.
Alguna retrasada gota cae en el ala del tocado,
En tanto mi cuerpo va seco,
Busca abrevar en las fantasías de los infieles.

Nadie mira la piel que me cubre:
Sus moretones, estrías y arrugas;
A nadie le importan mis carnes
Siquiera a los huesos que las sustentan.

Desemboco como durazno maduro en la ancha avenida:
Rápidas luces en doble vía.
La misma humedad precedente
Y  bombillas moribundas.

Las luces de neón me hacen guiños:
Azul, rojo, naranja, verde, violeta.
Todas en una absurda competencia
Por el haz inquieto de mis pupilas.

Una que otra sombra que viene
Otra que va, alguna que roza
Y eriza mi vestido de piel
Ése que por instantes revolotea al toque de la brisa.

Luces aquí, luces allá,
Todas iguales.
Inquietantes, juguetonas, vivaces.
Todas anuncian o venden algo:

Comida rápida, medicina,
Conciertos de rock, estrenos de películas,
Sexo xpress, al detalle y completo;
Mas ninguna ofrece amor.

Y este cuerpo tiene hambre de amar,
Salió en busca de un corazón de neón
De una oferta atractiva
Rica en colores y destellos, capaz de convencer.

Una propuesta que desvista  la piel,
Acaricie el alma y bese cada músculo
Cada tendón, cada cartílago
De un cuerpo en carne viva.

Que la oferta incluya, gratis,
La brisa que haga volar  calle abajo el sombrero
Y así regresar toda vestida de amores,
Talismán contra el mal tiempo de la fría noche.


Poema de Patricia Báez Martínez. Prohibida su reproducción.



sábado, 18 de noviembre de 2017

Memorias de un vaso foam

(Cuento de la autoría de Patricia Báez Martínez que será incluido en su libro 'Burbujas en el tiempo').

Estoy aquí
Uno entre tantos
En espera de las nerviosas manos que me rescaten
Que me sacien con el dulzor
De la boca que se asome al borde
Y me afluya, trago a trago, sorbo a sorbo
Y me muerda, desprevenidamente, sin pensarlo siquiera,
Y grabe sus huellas en mi canto, como chupones.


Continúo aquí, en espera de los ojos que dediquen una mirada
-primero escrutadora y luego decepcionada- a mi túnel cónico.
De las manos que me lancen al asfalto de la Duarte con París o la París con Duarte –anyway-,
del agua lluvia cargada de partículas tóxicas que me obligue a correr
cuneta abajo, a veces rezagado en una esquina,
otras detenido por un montículo de cartones de jugo, fundas de galletitas y arena con escupitajos, hasta caer en el abismo o lo que queda de él,
deslizarme antes en su cascada y caer girando como la flor del roble.
Allí dentro el sonido del agua es ensordecedor.
En un rápido vértigo me deslizo por la oscura cañería.
A veces un rayo de luz que se cuela por el hueco de otro abismo
que dejó de serlo desde el momento mismo de mi caída en desgracia.
Voy más que corriendo, el agua y su fuerza expansiva me llevan a millón.
Transcurren minutos, quizás horas, que parecen interminables en ese asqueroso y oscuro túnel. Al fin una pequeña luz que se va agrandando en la medida en que el agua me empuja.

¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!

Soy lanzado a una superficie azul y amplísima no sin que antes la presión y fuerza del agua que me traía me zambullan, pero emerjo, y me doy cuenta de que no sucumbí, porque estoy destinado a emerger, a resistir.
Floto, planeo el agua, que es salada, y el candente sol me plancha contra ella.
Después de esos besos, de esos sorbos, del vahído del abandono, estoy a la deriva
en una inmensidad que desconozco y desconsuela.
Algo me pica el trasero y se aparta, vuelve y me lo pica y se aparta. ¿Qué es?
Mientras, una sombra planea en redondo sobre mí y, de repente, se lanza en picada
Viene hacia mí, me atravesará con esa puya evidentemente asesina.

¡¡¡Aaaaaaaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyy!!!

¡Plash!

El agua salta sobre mí, me zambulle, emerjo y me lleva para allá y para acá y de aquí para allá.
Me mareo, pero puedo ver que la cosa grande lleva algo aprisionado en la puya asesina
Y ese algo brilla a la luz del sol y se mueve oscilante queriendo zafarse de la puya en cada oscilación.
Todo ha sido muy rápido, apenas lo puedo comprender.
Sigo a la deriva y me encuentro frente a frente con alguien
que se autopresenta y dice llamarse ‘Doña Hez’.
Mirándome por encima de los hombros (tiene sus motivos para presumir, pues como me narró, ella tiene su origen en la máquina más perfecta, la Superian, la cual inventó la máquina que me creó a mi), insufla aire y me explica que estamos en la mar y que ambos somos desechos de los Superiores, solo que yo soy de los peores porque no me degrado (todo un contrasentido ¿No?).
Mientras, se pavonea de un lado a otro porque –como dice ella-  es una basura bioló…
No termina bien de decir la frase y una boca dentada se abre desde el agua y la engulle.
Adiós, Doña Hez”, atino a decir con el hilo de voz que aún conservo sin proponérmelo.
El sol ahora quiere morir, veo sombras negras que surcan la otra mar de un extremo a otro rompiendo la monotonía y el leve sonido del agua que me sustenta, mientras yo sigo a la deriva, no puedo hacer nada, porque nada depende de mi voluntad.
Me duermo no sé por cuánto tiempo, y un golpe seco en el borde me despierta.
Perdón, debí quedarme dormido”, le digo a la chata que ni atención me pone, absorta en sus jipidos.
Esta dice llamarse ‘Chancleta’ (a secas, no tiene título nobiliario) y no para de llorar.
Me cuenta que tiene una hermana gemela y que su madre pensaba hacer un viaje en yola a otra isla, pero que fue lanzada a las aguas.
En el forcejeo perdió a su hermana y a la madre, ambas a la vez.
Dice que es muy joven, que la adquirieron precisamente para el viaje, que tiene toda una vida por delante, pues aún no tiene un pincho atravesado en la banda para funcionar, pero que sin su hermana gemela no vale nada, que terminará -con la mejor de las suertes- fundida y convertida en neumático.
La invito a que flotemos juntos, a lo que de manera automática dice sí entusiasmada
como si hubiese estado llorando solo para llamar mi atención.

Vivimos la noche a la deriva
En la inmensidad atravesada por la claridad lunar
Saltando de ola en ola
Confiando nuestros sueños truncos a las estrellas,
Únicas confidentes de los náufragos.
El otro océano empieza a metamorfosearse
De negro se va difuminando a gris
Por un extremo se tiñe de un rojo intenso
Como las cerezas que antes saciaron mi ser
En los tiempos de los labios, los sorbos y los chupones.

“Va a amanecer”, dice Chancleta sin que le pregunte y rompiendo un silencio ritual que se impuso entre ambos sin acuerdo previo.
Estamos mudos ante la presencia inagotable y mutable de la naturaleza ignorada.
Llegan los destellos de luces anaranjadas, luego las amarillas, y con ellas el calor.
A estas horas ayer estaba en la esquina de una intersección:
Los bocinazos desesperados, el intermitente sonido del guayahielo del frío-friero:
“Oyeeee. Lo tengo de frambuesa, chinola, limón, jagua…”
El “parque-Marión-universidad”, de unos tígueres enganchados en rectángulos rodantes.
El murmullo de abejón que se consolida a retazos de cientos de voces que tratan de sobrevivir al silencio que impone el hambre.
Allí estuve yo, pero hoy estoy aquí, a la deriva y con una marca que delata mi pecado.
El agua nos lleva y nos trae, no podemos hacerle resistencia.
Nuestra única voluntad posible, es mantenernos unidos.
Veo a un grupo y me voy acercando, hablan entre ellos, parecen planear algo.
Yo quiero llegar a la orilla, porque sé que allí me recogerán y tendré la oportunidad de otra vida”, vaticina una botellita de agua abollada.
Yo quiero seguir flotando y llegar hasta Miami, en esta isla la cosa está muy dura”, dice una destemplada funda plástica llamada ‘Gracias por su compra’.
Jeg ønsker å gå tilbake til Norge, sikkert er min femledede mester ute etter at vi skal fiske sammen…”, habla sin ser entendida una bota nórdica de voz ronca y envejecida que es rápidamente interrumpida.
Yo quiero llegar a la orilla, estoy segura que algún indigente me necesita para entrarme en su saco de corotos”, gritaba por encima de todos un plato plástico que más tarde me contó que terminó en la mar porque el río entró a la casa de su dueña y se llevó de un solo golpe de agua la casita. No sabe qué ocurrió con ella, sólo recuerda sus ahogados gritos de auxilio en medio de la noche y la anchura del río. “Tanto que se la daba y no sabía boyar”.
Bueno, a mí me da igual porque yo no tengo quién me extrañe, era parte de un gran árbol y de tantos choques contra los arrecifes fui reducido a un palito seco y descortezado. Me da lo mismo quedarme aquí, solo o en esta isla artificial que hemos formado, o terminar en la orilla, hasta que un viejo pescador me recoja y me eche a una hoguera que le cocinará un locrio de pica-pica a orillas de la playa”.
Un momento, compañeros y compañeras, no deben olvidar que en la unidad está la fuerza, debemos continuar así como estamos: Unidos, y formar una gran unidad, una gran confederación de basura, no importa nuestro origen y el motivo que nos trajo hasta aquí, lo importante es la fuerza que nos mantiene unidos y determinar nuestro objetivo, que debe ser la existencia libre y soberana, el autogobierno, la conformación de otro territorio en base a los desperdicios de aquellos que dicen ser Superiores, que nos usan y nos lanzan, porque al crearnos se autoproclaman dueños de nuestros destinos. Mientras más grandes seamos, menos mar tendrán ellos…”
“Siiiiiiiiií”, algunos corean.
…también menos comida, porque los peces morirán atrapados y contaminados por nuestras compañeras las latas. Y lo más importante: Los de las guayaberas rameadas y las cámaras dejarán de venir a estas playas porque sus cortantes proas no podrán quebrantarnos como hasta ahora lo han hecho de una forma arrogante y prepotente, nos  atascaremos en los motores y los ahuyentaremos,  entonces viviremos tranquilos, como amos y señores de esta vasta superficie que ellos ignoran y solo utilizan para deshacerse de nosotros”.

Unos síes no convincentes y unos puños levantados, obtuvo el discurso de la líder ‘Lata de soda’.

Un compañero se acercó a mí y me contaba su travesía cuando una gran ola reaccionaria nos atrapó a todos conspirando y nos zambulló, la fuerza de la ola me empujó a la orilla. Ya no vi más ni a ‘Chancleta’ ni a ‘Plato Plástico’. Olas menores me siguieron sacando a la orilla sin poder evitarlo. Era el naufragio del naufragio. Los rayos de luz eran intensos pero podía ver la arena, rocas y montones de compañeras y compañeros que esperaban en la playa por su destino final.
Pasé horas en un constante vaivén de olas hasta que al fin éstas me escupieron y quedé rezagado en la arena, mareado, aturdido. La brisa me fue secando y arrastrando. Estaba más magullado que cuando me lanzaron a la cuneta. Si antes culpaba de mi mala suerte a quien me lanzó al asfalto, ahora ¿A quién culparía de los nuevos daños? ¿Qué juez me escucharía?
Ven, arrímate a nosotros, no temas, que si te acercas mucho a la orilla terminarás naufragando de nuevo. Aquí estamos a salvo”, me dijo un vaso plástico a quien un Superior le clavó los dientes y tiró, causándole un desgarro de principio a fin que lo inutilizó para siempre. Había una gran multitud, casi llenábamos toda la playa, parecíamos el público de un concierto de Pink Floyd en Latinoamérica.
Yo sé que voy a estar aquí (mira con cierto aire de superioridad) solo hasta mañana, porque alguien vendrá a recogerme. Todavía soy útil”, decía una botellita de agua saboreando con regusto su última palabra.
Una risa sarcástica soltó el plástico de lo que una década atrás fue un obsoleto radio, que con un lenguaje mordaz le espetó: “Cualquiera cree que es en una limosina que te van a recoger, muchacha, aterriza que es en un camión; te van a meter en un saco, y tardarás días allí encerrada, hasta que llegues a una fábrica donde te clasificarán. Si llegas sin abolladura ni rasguño, te reusarán, pero si llegas con daños, que es lo más probable, te van a dar candela hasta perder tu curvilínea figura y terminarás siendo cualquier cosa, menos lo que hoy pregonas ser”.
Me fui alejando del barrullo, así como la tarde fue cayendo y la brisa me iba secando. A veces algún Superior quería bajar a la playita a ver la mar, pero cuando nos veía allí congregados se atemorizaba y daba media vuelta y se iba, se aterraba como si nosotros tuviésemos poder, el poder de devorarlo. ¡Ahhhhh! Si supieran que aún después de lanzarnos seguimos dependiendo de ellos para nuestro destino final.

Se me escapa un suspiro de resignación sin poder evitarlo y, de repente, algo me arropa, me oprime, siento asfixiarme, me lanzan contra una pila de maderos y palos secos, me apiñan en el centro junto a otros compañeros de plástico, lanzan un líquido hediondo sobre todos nosotros y unas manos tratan de encender fuego muy cerca. Podemos ver el primer intento frustrado y suspiramos en medio de inútiles gritos de auxilio, vuelven a intentarlo, pero la brisa vuelva a actuar a nuestro favor. Un tercer intento ¿Será la vencida? Es hora de despedirme de este mundo, de mi corta existencia. Cierro los ojos y me dejo llevar. Oigo los gritos desesperados de los compañeros, la luz y el calor se expanden y me doy cuenta de que fue la vencida, una lengua de fuego me alcanza y comienza a devorarme, me encojo, hago burbujitas de poliuretano, crujen los maderos y los palos secos debajo de nosotros, un golpe de brisa da más bríos a las llamas, el fuego ahora me cubre todo, me derrito candente, me vuelvo negro, peligrosamente burbujeante, me adhiero a los maderos y palos secos y los obligo a quemarse y a hacer combustión de la misma forma que a mí me obligaron a quemarme y a hacer combustión, y así yo también me convierto en Superior, pues estoy haciendo daño a otros. Sí, esa fue mi transformación: De víctima a victimario. 

lunes, 13 de noviembre de 2017

Colmado El mismo hombre

Desperté la vez primera, sonaba en el equipo de música  esa bachata de Anthony Santos que a veces repiten en el día cuando el grupo de hombres habitual juega dominó. Fui a tientas al baño y oriné, no hallé el papel de baño, y no quise encender la luz para no ahuyentar a las ánimas de los sueños. ¿Dónde está el papel de baño? ¡Carajo! Me negaba a secarme con la franela de él que tenía puesta a modo de bata y que llegaba oronda y segura hasta mi sexo. Decidí -a regaña dientes- que la humedad se diluyera por sí misma, y me lancé otra vez a la cama con la intención de continuar el placentero sueño en el mismo punto donde lo había dejado. Traté en vano de adivinar la hora, quizá las once. El cálculo buscaba justificar la música del colmado y el murmullo de la gente que allí imaginaba tomando cervezas y tragos calientes de diferentes marcas, cuyas estridencias me aguijoneaban en capicúa: el sueño y el espíritu.

Estaba en Pimentel y subía las escaleras que llevan al club Pimentel Inc., siempre sobre sus legendarios pilotillos; dentro no había nada ni nadie, solo yo; faltaba la cantina, la mesa de billar y las sillas y mesas, era solo un salón rectangular en el que en unas tablas sostenidas por palometas, mi padre tenía algunos de sus equipos y materiales para ejercer modestamente la medicina que siempre ejerció en ese olvidado pueblo del Noreste, pero todo en un orden pulcro, como lo fue cuando lo hacía. Yo revisaba entre sus cosas: jeringas, guantes de látex, estetoscopio… y estando parada allí con las narices en sus cosas, escuché la voz gagosa de ella a mis espaldas. Hablamos algunas cosas inicialmente sin importancia que desembocaron en el piso del club que no era como siempre fue, de madera pulida, sino que estaba hecho de troncos a forma de balsa, los cuales hacían difícil el navegar sobre él. Al final tomé sus manos y la miré a sus rasgados ojos que se quieren siempre perder en sus mejillas amelonadas, y con una ternura hacia ella que nunca he experimentado, le dije: “Pero lo extraño es que me has dicho antes que hay un doble piso”, mientras que al decir la frase la imagen de un piso de mosaicos con rombos se transfiguraba debajo de aquellos troncos que nos sostenían a nosotras. Ella me lo confirmó con su voz y movimientos de cabeza, mientras agarradas de las manos salíamos del local hacia la calle Mella, que estaba al polvo vivo, como lo fueron por siglos las calles de ese Barberito lejano.

Otra vez,  aquello que para mí era el ruido de la música y para mi vecina y sus amigas el alcaloide que las hacía chillar, se combinaba con el deseo de orinar. Esta vez se escucha a El Poeta de la bachata:

Porque un viejo amor
No es tan solo una aventura
Son dos personas seguras
Que deciden continuar
Porque saben que aunque quieran
No se podrán olvidar.

“No se podrán olvidar”, esa frase en voz de un hombre que habla en nombre de una mujer muda horadaba mi alma como un feminicida me hubiese clavado sin piedad un puñal en el tórax, mientras iba ya saltando de la cama como un resorte al que se le deja de aplicar presión. Llegué por segunda vez al baño, y otra vez me negué a encender la luz, deseaba dormir más, pero también creía haber dormido suficiente como para irme a la cocina, poner un café y sentarme a leer o escribir. Mi vejiga comenzó gustosa a hacer espacio. Mientras ese placer tan básico me satisfacía, la música del colmado y los chillidos me seguían taladrando. ¡Cómo saldremos de la situación social en que nos encontramos con gente que se conforma con tan poco para perder su tiempo: Música y bebida en un colmado, mientras unas mujeres merodean en son de búsqueda. No hay papel de baño (lo había olvidado) e ir a la despensa implicaba encender luces y despabilarme. Tomé el ruedo de la franela con la derecha y le robé al sexo la humedad volviendo a lanzarme a la cama decidida a no dejarme vencer por los clientes del colmado. Esa vez me escurrí debajo de la colcha, imaginé que pronto la temperatura descendería más y el frío me molestaría y no permitiría -"bajo ningún concepto"- que nada ni nadie, además del colmado El mismo hombre y sus satélites humanoides, se interpusiera entre el sueño y yo. 

Intenté una reconciliación onírica sin ir a fiscalías. Pero no, daba vueltas y reconocía que se me vuelve atractivo desvelar, hacer café y sentarme a producir mientras otros pierden el tiempo, ésos y ésas que no le hayan sentido a mi vida, que se preguntan si no tengo gusto por ella, sin imaginar el placer que produce leer a la luz de la lámpara o dejar que la hormiga de la creación recorra el cuerpo, -como la sentí inquieta e inquietante- esta madrugada en la cama. Tengo tantos deseos y temas para escribir. Volví a lanzarme de la cama, esta vez sin pasar por el baño, y caminé hacia la cocina. Encendí una de las luces y empecé a lavar la greca, a quitarle el recuerdo de una tarde en la que colé para tres. 

Volví a Pimentel. "Si quisiera probar de nuevo mi mala suerte con los números es cuestión de combinar la serie del pueblo, que es 57, el 04 o el 44 por el piso o el doble piso, y el 27 que es mi fecha de nacimiento. También puede ser el terminar de la cédula de papi, que es 77. ¡Una tripleta 57-44-77! Pero no, son todos números muy altos, aunque pensándolo bien la suerte muchas veces se encampana como una chichigua en Cuaresma. También puede ser 57-44-13, la fecha de nacimiento de él". Ya no me entusiasmo, he perdido lo que considero mucho dinero en el último mes tratando de probarme y probar que mis sueños tienen sentido numerológico, pero solo he logrado acumular unos bouchers de banca de lotería de apuesta que la chica de la cara amelonada me da a modo de prueba y garantía, que avergüenzan mi CI. 

Mientras divagaba en esas nimiedades de la vida al detalle, puse el café y leche a calentar, también. La música de bar de mala muerte seguía en sus buenas y también los chillidos, encendí la luz de la lámpara al tiempo que hacía tinmarín de dos pingüés entre leer y escribir. En ese instante, escuché la puerta corrediza del colmado descender y sentí alivio abrigado en unas débiles esperanzas. El café subió rápido y la leche –no estaba tan caliente como hubiese querido, pero había perdido el frío del refrigerador así como yo había perdido el sueño-. Hice la mezcla, un poco de azúcar prieta, removí y cuando tuve el líquido caliente en la derecha, me digné a mirar la hora: ¡Dos de la madrugada! Sentí un vahído, pues apenas ella empezaba: me había precipitado. No era que el colmado había estado abierto hasta muy tarde de la madrugada, sino que yo creía que había dormido mucho y esto me hacía corresponsable de mi desvelo. Me fui al sofá tomando la laptop con la izquierda mientras trataba de decidir si continuaba la crítica literaria o dejaba escapar  a la negra por la nocturnidad de una inspiración forzada.   Empecé a escribir precisamente estas líneas maltrechas. Al rato me sentía en paz pese al bullicio y la algarabía de la esquina -que no cesaban aunque las puertas del comercio habían bajado- cuando el bebé de un año de la vecina despertó y empezó a llorar, primero leve, luego más fuerte, y más tarde leve y desgarrador por el cansancio que sin proponérselo dejaba incluir en su llanto. Desde la esquina, ella no podía escucharlo y gritarle que se callara. Yo, en  medio de las vidas que desde ya marcan su desencuentro.

Creía que lo había vivido todo esa madrugada, cuando la polilla que antes estuvo en la esquina se mudó a la oscuridad del frente de la casa de mi vecina, la que regresó para estar cerca del hijo. "Por fin dejó de llorar". Yo había ya terminado aquello que creía un cuento y dejé la computadora, mientras ellos hablaban como si fueran las ocho de la noche, es decir, como si nada, normal, ellas con su timbre femenil agudo y un hombre que ignoro quién es, igual que ignoraba la identidad de las acompañantes de mi vecina, con una voz ronca –quizá por el ron-, pero ahuecada. Me levanté del sofá y fui a la despensa por un rollo de papel de baño (el dominicano siempre pone el candado después que le roban, por eso se embarra la vida… también las manos -le añadí al refrán popular-), pero antes de volver a acurrucarme en la cama apagué la luz del frente de la casa porque sin bombilla no hay polilla.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Las máscaras seductoras de Alcántara Almánzar

En el libro de cuentos ‘Las máscaras de la seducción’, el laureado[1] escritor dominicano José Alcántara Almánzar coloca sobre su rostro doce antifaces con los que seduce al lector o lectora en una sola jornada de un carnaval que no conoce las fronteras del tiempo. Sin presentación, porque un buen disfraz no la requiere, en ‘La reina y el secreto’, el cuentista nos sumerge en un laberinto de ficción mágica del cual ni el lector más aguzado intuye su final. Éste es un “hermoso cuento, aparentemente apoyado en la ficción, que describe un mal social real contra el cual la nacionalidad, la edad y la clase social de los personajes se diluyen, convirtiéndose así en un cuento que trasciende las fronteras locales; es regionalista, a la vez mundial, sin rayar –aunque aborda el tema del abuso sexual- en el feminismo, sus slóganes y reivindicaciones”, así escribí de mi puño y letra al final de ese cuento. Con ‘Lulú y la metamorfosis’, el sociólogo se sumerge en la piel de la mujer transexual, en sus luchas cotidianas para subsistir y para darse a reconocer como mujer en una sociedad que satiriza y violenta su derecho a una preferencia sexual diferente. En este cuento tanto el tiempo como la narración se dividen en dos caminos diferentes para abrazarse en un final en el que el pesimismo nos hace presentir un final fatal para Lulú.

La humillación’ entrecruza magistralmente la narración de tres personas: Primera (el escritor que narra el cuento desde la perspectiva exterior), ella (Dolorita) y él (Tony), quien la narra desde dentro, desde las entrañas del enemigo. Un cuento que nos habla de la lucha de la mujer por superarse en una sociedad machista y violenta en la que la mujer/niña es un objeto sexual mercadeable, y ella lo asimila, al punto de dejarse llevar –corriente abajo- por el mundo de la prostitución. Grande es la sorpresa, cuando el lector o lectura descubre que el nombre del prostíbulo del cuento coincide con la situación de Tony en la historia de su vida. Este descubrimiento solo sucede al final del cuento y nos podemos dar cuenta que el escritor ha seleccionado con esmero ese nombre como la carnada principal del cuento. Las carnadas son esas oraciones que dicen sin decir, que no parecen tener significado dentro del conglomerado de párrafos, sin embargo, llega un momento en el que adquieren todo el significado del cuento mismo anegando los sentidos del lector.

En ‘Desarmar un rostro’, un cuento brevísimo, Alcántara Almánzar nos muestra a una mujer que se resiste a envejecer. Y más que un cuento, es una narración breve de índole jocosa muy bien lograda. ‘La boda’ es también otra narración breve que nos enrostra una realidad de la sociedad moderna: los escasos matrimonios que se producen, muchos de ellos cuando ya se espera una criatura, pero sobre todo nos habla de las pompas de algunas bodas de ricos –solo para llenar requisitos y apariencias- cuando las hijas ya son veteranas en el arte del Kamasutra. En ‘Viajeros’, una tiene la impresión de que se trata de un cuento biográfico narrado en primera persona, en el que una pareja de esposos embarazada viaja al Haití de “Baby Doc” de vacaciones, pero aprovecha para llevar un subversivo encargo cosido a la falda de Martha, el cual convierte a las vacaciones en una romántica y peligrosa persecución en un país acuchillado por la violencia y del que conocen poco pese a dominar el francés. Y ‘La oficiante’ nos presenta a Toñita, una dominicana adulta, morena, gorda, santera y emperrada de Magino. Ella vive en un rancho de una cuartería agobiada por la miseria y los ratones. Toñita no será muy agraciada físicamente, pero tiene su 'melao' en la cama con el que mantiene a  Magino como abeja tras el néctar de las flores, hombre que no teme a quedar amarrado por el falo, mas sí por los santos.

Seguimos en el barrio con ‘El muertico’, un cuento que nos narra la historia de Pablito, un pequeño niño que vivía en una cuartería de una barriada capitalina y quien murió a destiempo de tanta falta de atención alimenticia y de salud, pero más que la historia de Pablito, este cuento narra cómo es el pobre dominicano que abandonó el campo y se instaló en la Capital creando los llamados cinturones de pobreza que hoy tienen la dimensión metafórica de fajas reductoras. Se trata de la miseria, de la lucha diaria, la solidaridad relativa de los pobres, las supersticiones arrastradas desde tiempos inmemoriales, el deseo y acoso sexual consuetudinarios, de los burdeles y su dinámica rumbera que viven en la barriada y de la barriada como un cáncer que se alimenta de niñas y mujeres jóvenes, y de la convivencia natural con la muerte a la que se ha habituado el dominicano de los estratos más bajos, a quien a diario se le confunde la vida con la muerte producto del constante desafío de sobrevivir.

De los barrios, José Alcántara Almánzar nos lleva a los sectores exclusivos de la clase media alta local, allí donde viven los banqueros, empresarios, escasos médicos, chapeadoras costosas, nunca un profesor -a menos que sea un exitoso profesor universitario-, también los artistas de todas las clases (pintores, escultores, literatos, bailarines, músicos), y es precisamente una pianista quien se entroniza como una de las figuras centrales del cuento ‘El día del concierto’, una historia triste que narra las interioridades de una familia destrozada por el desamor y la obsesión por la fama y el reconocimiento social. En ‘Ruidos’, el autor describe la personalidad ermitaña de un hombre acosado por el ruido, quien para abstraerse de la molestia de los bocinazos y otras bullanguerías de la calle, termina su vida como un vouyerista, hasta el punto de alucinar, convirtiendo la narración en una zona gris en la que no se distingue la realidad de la ficción, más aún: quizá la ficción acoge dentro de sí otra ficción como los apretados pétalos de un capullo. Es tanta la ficción que el personaje central del cuento deja de ser él, se desintegra y deviene en otro personaje, en uno de los espiados por él y al final no sabemos quién narra la historia, si el vouyerista o el espiado.

Él y ella al final de la tarde’ viene a recrear la imagen de los indigentes de la ciudad. Un hombre y una mujer que deambulan a diario por las calles de la Capital buscando qué desayunar, qué comer y, quizá –si tienen suerte-, qué cenar. Un hombre alto y delgado quemado por el sol (aunque le pudimos ver entre las palabras, líneas y párrafos panzón de comer tantos carbohidratos y grasas, y, por supuesto, cuidar poco su salud) y una mujercita menuda, huesuda, negra, de cabello escaso y maltratado, y boca desdentada, que se recuestan a dormir la siesta debajo de un árbol de jabilla, desliz que los llevó al abismo de la muerte, al ser objeto de una persecución feroz de nacionalistas que primero lo creyeron feminicida y al no ser feminicida lo  confundieron con un haitiano por tanto sol que había quemado su piel en busca del sustento diario -porque buscar de comer en los zafacones también es buscar el sustento-, como si no fuera suficiente ser un pobre andrajoso que camina “de cabo a rabo” la ciudad en busca de los desperdicios de otros que para él lo es todo. Era pobre, de algo había que culparlo.

Deborah, otra riquita de la Capital, era joven, hermosa y con clase; tenía las armas esenciales para grabarse en la mente de un mozuelo a quien apenas le despunta la vida. En este cuento, ‘Deborah en el recuerdo’, el también autor de otros cuentos contenidos en ‘La carne estremecida’, ‘Callejón sin salida, ‘Viaje al otro mundo’ y ‘Testimonios y profanaciones’, remite al lector o lectora a un mundo de ensoñación de la adolescencia, a vapores de fragancias florales agradables, a sabores dulzones y seductores, a imágenes etéreas en la cotidianidad de una ciudad devorada por la convulsión del día a día que cohabita con la monotonía, pero también remite a los peligros que acechan a los jóvenes incautos. Es una llamada de advertencia a la juventud sin sermones ni amonestaciones; libre de coerción.

Detrás del telón de fondo está el sociólogo que nunca deja de habitar dentro del escritor, ese observador reflexivo que es capaz de ponerse en la piel de la niña violada, en la de la mujer transexual, en la negra y grasosa piel de Toñita -e invocar a Santa Martha junto a ella entre velones y pañoletas de color-, en la de una chica de clase media alta que ve morir a su padre consumido por un cáncer ante la indiferencia de la madre y el hermano, es capaz de habitar entre los malvivientes de una cuartería y presenciar el mortuorio de un niño que quizá agradezca morir para no padecer la indiferencia que acompaña a la pobreza, correr desde Manresa hasta la entrada de la zona industrial de Herrera perseguido por una trulla rabiosa que pretende lincharlo porque está negro del sol, sucio, semidesnudo y -según los entendidos en la materia- tiene el perfil de un haitiano indocumentado. Sin embargo, no deja de ser poeta. El verso, la poesía, forman parte del cuento de este autor, desde cada palabra excelentemente lograda, pasando por la música intrínseca, hasta anidar en nuestras mentes las imágenes -algunas etéreas, pese al realismo-  de las historias de vidas que nos narra, en las que el personaje central siempre será el ser humano batido por la vida y sus azares.

José Alcántara Almánzar se nos presenta como un experto descomponedor del tiempo, narra como si fuese un río que se nutre de varios afluentes pero que al final devienen todas las aguas que le nutren unidas en el delta de lo literario e imaginativamente excelso, y esa pericia no se limita a la intercalación de párrafos con diferentes tiempos, sino que su juego con las agujas del reloj se produce dentro del mismo párrafo, entre las oraciones, rompiendo los esquemas de la lectura lineal a la que nos habituó Bosch. Troca las características de los seres vivientes (ser humano, fauna y flora) en el uso del verbo y la adjetivación. También se engarza en el estilo nada oficioso de Gabriel García Márquez, pero sabe bien el escritor criollo que no se debe abusar de la narración exenta de signos de puntuación, y dosifica esa otra maestría suya, la cual debemos cruzar como si fuese un campo minado, hasta llegar –quizá agotados, pero satisfechos- ante la pirámide del cuento nacional en que se constituye su obra toda, individual y colectiva, cuento por cuento, libro por libro.




[1] Dos veces Premio Anual de Cuentos, Premio a la Excelencia Periodística J. Arturo Pellarano Alfau como crítico (1996), Caonabo de Oro como escritor (1998), Premio Nacional de Literatura (2009 por la obra de toda su vida de consagración a las letras, Pluma de la Excelencia como escritor (2010), entre otros.

martes, 31 de octubre de 2017

Gongorianxs















Por decir la verdad del tiempo
¡Cuánto padece el poeta!
Que proscrito va bajando la cuesta:
Su alforja vacía y su cama deshecha.

¿Cuánto paga el poeta
Por deletrear las bajezas de una sociedad
Empecinada en ser casta
Mas sumergida en las peores vilezas?

¿A cuántos ignora la imprenta
O en hogueras mueren sus prendas?
Se les tilda de locxs y mediocres
Y se les huye como a lepra.

Van quedando aletargadxs
En sus tiempos de beatos y cortesanas,
Pereciendo de hambre y tifus
Y sin lumbre entre sus cazos.

Transcurren días, meses, años,
Lustros, decenios y centurias
Y ya derruidos sus huesos, sus hambres,
Los nuevos gazmoños -con frenesí- ondean sus frutos.



31 de octubre de 2017. Baní, provincia Peravia.


miércoles, 11 de octubre de 2017

Comunicación, salud y género

(Rebuscando entre mis libros hallé unas cuatro hojas en las que había redactado esta conferencia que dicté a compañeros de la carrera de Comunicación Social en el Paraninfo de Humanidades, en abril del año 2002. Ha pasado el tiempo, unos quince años, pero hay que dejar constancia para poder comparar los escenarios más adelante, y saber de dónde partimos).

La proporción de espacio que se le dedica a la salud en los medios de comunicación no es muy significativa. De hecho, la Secretaría de Salud Pública es una fuente a visitar en ocasiones especiales o cuando el representante de esa institución así lo solicita, no como sucede en el Palacio Nacional y en el Congreso, donde los periodistas están asignados con carácter de permanencia. Tendríamos que preguntarnos ¿Y es que el Presidente no se enferma? Claro que sí. Pero los medios venden más ejemplares publicando cualquier insignificancia dicha por el presidente, que desarrollando ampliamente un tema de salud más utilizable por la generalidad de la población.

En los medios de comunicación escritos, hay que distinguir entre temas de salud utilizables y más utilizables. La información publicada es utilizable cuando el secretario de Salud anuncia una jornada de vacunación o un brote epidémico; es más utilizable, si su contenido le permite al lector prevenir o tratar algún tipo de afección en su propio hogar (en prevención cabe desarrollar una información sobre los modos de prevenir la epidemia que anunció el secretario de Salud), otro beneficio a ofrecer es el conocimiento sobre los centros asistenciales que ofrecen los servicios de salud que requiere el lector, el radio y teleoyente (dónde están ubicados, cuáles son los procedimientos para recibir la atención médica y cuánto podría costar en términos económicos).

Atendiendo a esa división tendríamos que hablar de periodistas del área de la salud del día a día y periodistas de investigaciones en salud. Generalmente, los comunicadores que narran las incidencias de la cotidianidad se caracterizan por la sencillez en la información, por la superficialidad, mientras los de investigación están inherentemente obligados a profundizar los temas, a investigar –de modo elemental- sus causas, características ay consecuencias, y a plantear –si es posible- soluciones. Es el periodista de investigación quien generalmente está al frente de las secciones o páginas de salud especializadas, mientras el periodista no investigativo trabaja para el cuerpo principal del periódico.

En algunos medios modernos, quien elabora los trabajos de salud cotidianos, también realiza trabajos de investigación para la sección especial de salud y viceversa, a veces forman grupos de trabajos que publican sus noticias o reportajes en diferentes sesiones del periódico, atendiendo al criterio establecido en cada una de ellas.

En los medios de comunicación escritos los periodistas tienen menos limitaciones de espacio que en los medios electrónicos y esto se aplica a los periodistas de la salud. Mientras en los medios electrónicos (televisión y radio) una información normal tiene un máximo de cinco párrafos de tres y cuatro oraciones, o sea, una cuartilla, en los periódicos se requiere, generalmente, de dos cuartillas en adelante. Esto deja entrever el imperativo de recabar la mayor cantidad de información posible que se impone a los periodistas de medios escritos.

Al hablar de género, relacionado con comunicación y salud…

Es preciso distinguir entre periodistas y demás mujeres al hablar de género. En el caso de las y los periodistas, bien ese concepto periodista tiene referencia femenina para designar tanto a hombres como a mujeres que trabajan en la elaboración de información Esto podría interpretarse como una ventaja para nosotras, pero sería una alucinación.

Las áreas y temas principales están en manos de hombres en nuestros medios de comunicación. Son minoría las mujeres que ocupan posiciones de mando, que se desempeñan como editoras o periodistas de áreas como política y economía, pues estos temas “requieren del tratamiento pragmático del hombre”. Graso error del sistema de medios de comunicación nacional.

Sin más que decir, muchas de nosotras somos relegadas a trabajar en el área de salud, sociales y temas rosa. Por eso, muchas periodistas de la salud son mujeres, además porque en es la mujer, independientemente de su profesión, quien más se preocupa por el estado de la salud.

Sin en algún momento les toca cubrir la fuente de salud, recuerden –mujeres y hombres que esa es un área tan importante como la política y la economía, todo dependerá del esfuerzo y la dedicación que ustedes les confieran. Si se olvidan de redactar lo que dijo el funcionario del gobierno en salud y realizan investigaciones sobre temas de salud relevantes, los temas de salud tendrían una envergadura como los que habitualmente ocupan la primera plana, y de hecho tu investigación podría ocupar la primera plana. ¿A cuántos de los que están aquí presentes no les interesaría saber sobre la epilepsia, los cuidados pre y post natales, el cáncer de cérvix, de próstata? Todo depende si la información ofrece buenos datos y soluciones al problema del lector o de un allegado a éste.

Hablar de género también implica la inclinación y el tratamiento de la información hacia el mejoramiento de la condición de la mujer, y la mejor tendencia para informar     sobre salud es aquella que ve como un todo a la mujer y al hombre. No olvidemos que el hombre forma parte de nuestra sociedad, y no es precisamente escluyéndolo como cambiaremos su postura frente a la mujer y a su propia salud (frente a la mujer: como ente machista, dominante, agresor; y frente a su salud: como persona desinteresada por conservar un estado de salud optimo).

Si queremos reducir la violencia intrafamiliar tendremos que dirigir nuestra información también a ellos, pues de nada valdría darle herramientas de defensa a una agredida, mientras el agresor no está consciente del daño que ocasiona. Ningún sentido tendría reducir la indicidencia de cáncer de cérvix si los hombres siguen muriendo de enfermedades caríacas y nosotros, los periodistas y futuros periodistas de la salud, no les ayudamos.

Hombre y mujer conforman un todo, esa es nuestra percepción de género y de la lucha feminista. Si nosotras no somos capaces de reconocer que nuestra principal herramienta para cambiar el rol del hombre y la mujer frente a la sociedad son nuestros hijios, estamos perdidas. Hablamos de derechos, de igualdad, mientras muchas educamos o permitimos que los esposos inculquen a  nuestros hijos conceptos machistas, si reconfiguramos la mentalidad de nuestras hijas e hijos de modo que haya respeto, consideración y solidaridad entre el hombre y la mujer, dentro de un plazo no mayor a veinte años, se habrán reducido tantos hechos indeseados, como es el maltrato a la mujer, y, muy especialmente, su exterminio en manos del hombre.

Para ayudar a la mujer ¿Cuáles aspectos debemos promover independientemente de que no están relaciones con la salud de manera directa?

La ley 24-97, y
La ley 14-97

La primera es el perfeccionamiento de un artículo del Código Penal que ahora entre otras cosas tipifica abusos, como el psicológico, que antes no estaba contemplado. Se establecieron las agravantes y se endurecieron las penas.

La ley 14-94 es más antigua que la 24-97, pero no ha tenido tanta relevancia. Esa es la ley que protege a las niñas, niños y adolescentes.
Cómo elaborar una información de salud

Definir la enfermedad.
Detallar los síntomas que la acompañan.
Describir su fisiopatología.
Determinar sus causas.
Incidencia.
Consecuencias.
Pronóstico, y
Los diferentes tipos de tratamientos si los hay.
Estos pasos son los principales.

Cuáles áreas de la medicina son más importantes e interesantes para el lector

La cardiología, neurología, neumología, nutrición, cirugía , ginecología y obstetricia, la pediatría, urología, geriatría… Entre otras más. También están las especialidades médicas se subdividen en otras más especializadas como es el caso de la cirugía toráxica, que forma parte de la cirugía general.

La originalidad de los trabajos

Lamentablemente en el país no se realizan suficientes investigacione en salud y también en otras áreas profesionales, por eso, nuestros medios de comunicación están atiborrados de informaciones procedentes de cables y agencias internacionales. Aunque eso nos permite estar al tanto de las investigaciones en salud, no es menos cierto que muchas de las conclusiones de esas investigaciones no se aplican a cabalidad a la población dominicana, por lo que debemos escoger la que mejor nos atañe, atendiendo a la proximidad y características similares dque compartamos con la muestra de la investigación.

Un modo de actualizarla es, a partir de esa investigación en el extranjero, entrevistar a médicos lcoales sobre el comportamiento d eesa enfermedad o patología en el país. Y si esposible, constatarlo al hacer investigaciones de campo, o sea, realizando estudios de casos en personas que sufrieron o sufren la enfermedad en cuestión.

Recuerden algo, nacie nace sabiendo. Casi todos los periodistas nos especializamos en un área específica y para ello no es necesario volver a la universidad a estudiar otra carrera, simplemente hay que arriesgarse, poner interés en lo que se hace y mantenerse al día de lo que sucede en esa área, después, todo es cuestión de tiempo. Por tanto, no dudemos que podremos llegar a ser grandes periodistas de la salud, si eso queremos. De periodistas optimos en el área d ela salud, depende mucho la salud de la mujer, la reducción o eliminación de sus males. No dudemos en colaborar con quienes sostienen al mundo.

Buenas tardes,

Patricia Báez Martínez

18 de abril de 2002 Paraninfo de Humanidades de la UASD

lunes, 25 de septiembre de 2017

La derecha de la izquierda

Se caracterizaron por operar en la clandestinidad, por el conflicto interno y externo, por la discusión teorética, por las reglas y el orden en las reuniones, por llevar un periódico subversivo y/o un libro en las axilas, por ser víctimas del hambre, por la necesidad de una buena camisa, un buen pantalón y un par de zapatos sin hoyos en las suelas. Se convirtieron en obsoletos con el fin de la triangulación de la política dominicana (Balaguer-Bosch-Peña). Algunos siguen teniendo ese aspecto de obsolescencia, pero otros no, otros tienen un brillito aportado por los sindicatos profesionales, por las academias, por el trabajo en el sector privado y hasta por los negocios. Ya se les perdona el egoísmo: Degustar un almuerzo delante de los demás compañeros sin compartirlo con los demás (fíjese que uso la palabra compartir, no ofrecer, porque de ofrecer: Cualquiera ofrece).

Esa derecha de la izquierda está y se siente a la vanguardia de esa masa de seres grises que dejó la mal gerenciada izquierda dominicana, porque ellos, por la preparación y el espacio que han adquirido en la sociedad, se han convertido en interlocutores con otros grupos sociales, económicos y políticos. Y si no lo son, insisten por ello. Viven en casa propia, tienen vehículo, celulares modernos, viajan a Estados Unidos, Inglaterra, La Francia… y no sienten rubor de publicarlo, porque es una nueva izquierda, la del siglo XXI, la que se ha ido asimilando a la las reglas del sistema para subsistir, pero queriendo conservar la etiqueta de izquierda aunque sea por lo bajo, porque eso le granjea el apoyo de la masa de izquierdistas grises.

A pesar de todos esos avances económicos y sociales de los derechistas de la izquierda, continúan con la estrategia de implementar en este país insular, caribeño y atrasado, las experiencias foráneas. Cuentan con telecable e Internet para ver desde la Primavera Árabe, pasando por el impeachment a Dilma Rousseff en Brasil, hasta la crisis venezolana, eso les da un aura de guruses de la realidad internacional y se han creído, pies juntillas, de que República Dominicana puede vivir un proceso realmente democrático y democractizador sin violencia.  Se les olvida la historia de autoritarismo, presidencialismo, caliezaje, arribismo, despotismo e impunidad que nos ha caracterizado.

La derecha de la izquierda está luchando contra la corrupción y la impunidad, pero –al parecer- de impunidad sabe poco, porque es precisamente la impunidad el elemento que nos ha obstaculizado salir de la fuerza centrífuga de la corrupción. Los gobernantes de todos los partidos criollos se sienten seguros en el sistema de desinstitucionalización e impunidad al que nos hemos adaptado como sociedad, y nunca abandonarían el Poder porque así se lo exija una marea verde, que ya no sabe de qué forma vocear que el actual Presidente es inconstitucional por el financiamiento de Odebrecht a su campaña política y por la modificación de la Constitución para permitirle la reelección. En un país igual de chiquito y pobre, pero con institucionalidad y democracia efectiva, ya el Presidente hubiese renunciado para ponerse a disposición de la justicia.

Los derechistas de la izquierda que quizá se estén creyendo el argumento clasemedista de que la lucha social hoy es pacífica (tal vez les conviene, más que creerlo), y renuncian a los elementos de lucha legítimos y posibles que tiene este pueblo esquilmado y ultrajado, se vuelven de esta forma cómplices del estatus quo, máxime cuando pretenden constituirse en la crema y nata de los movimientos progresistas aglutinados en el Movimiento Verde para negociar con el Gobierno o con partidos de la oposición a nombre de toda una colectividad a la que no representan ni la sienten suya a menos que no sea para las fotografías que les da visos de líderes y lideresas.


La derecha de la izquierda no debe equivocarse, porque los tiempos han cambiado. Toda la experiencia negativa acumulada por décadas de militancia en movimientos de izquierda y/o progresistas, el descalabro del sistema de partidos tradicional, el secuestro de la institucionalidad política y jurídica, el cambio de siglo, son todos elementos que condicionarían la respuesta de esa masa gris de la izquierda dominicana: De los oprimidos que siguen viviendo en la indigencia, vistiendo sus pantalones caquis, las camisas con el cuello gastado y los zapatos con hoyos en las suelas. Esos que no han pasado aún de ser carne de cañón. Cuidado con negociar con el sudor, las lágrimas y la sangre de este pueblo mil veces pisoteado pero digno, porque el cambio que demanda esta sociedad implicará también librarnos de esa derecha de la izquierda.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Metere quod seminatum



“La naturaleza del hombre es malvada.
Su bondad es cultura adquirida”.
Simone de Beauvoir


Ya pasaron seis meses desde que nos casamos, tal vez ya sea tiempo suficiente para pedirle que me ayude para seguir estudiando. Voy a aprovechar un momento que esté feliz, pero no ebrio, porque si está borracho al día siguiente no recordará que me lo prometió. Mamá siempre me dijo que a los borrachos no se les fía, y ella generalmente tiene la razón.  Quizá la mejor fecha sea su cumpleaños, después que le prepare un buen sancocho, le diré que necesito estudiar.

Adelaida Méndez tiene 18 años, es oriunda de Monte Bonito, en Padre las Casas, Azua, y cursaba el segundo de bachillerato cuando se matrimonió con Narciso Mateo, un señor de 51 años, que por su edad y arraigo económico, la familia de la adolescente creyó era la mejor oportunidad que podía tener la niña para salir de la pobreza. Ella se las tuvo que arreglar sola para olvidar a Ernesto Martínez y ponerle buena cara a un hombre que no amaba, no era agraciado físicamente, y encima treinta y tres años mayor. Ella podía ser su hija, en cuanto a edad, pero no lo era. Adelaida era una adolescente bonita y decente, elegida para darle un toque femenino a la vida de un hombre maduro y rudo.

-Narso, yo quería decirle que ya pronto comienza el año escolar…-
Sin dejar de comer el sancocho ni levantar la mirada, el hombre le preguntó:
¿Y?
-Que me gustaría inscribirme para continuar los estudios.-
¿Y uté cree que yo me la traje pa' mi casa pa' tené a una mujé profesonal? A uté yo la quiero pa' que me atienda como Dio manda, pa' que se encargue de eta casa. ¿O uté cree que soy pendejo, que le vuá a pagá etudio pa' que despué se vaya con otro? 
-Pero…-

Adelaida no pudo continuar abogando por sí misma porque Narciso se levantó como una bestia de la silla y empezó a sacarse la correa para pegarle. Segundos que ella aprovechó para correr hacia la habitación y trancarse con pestillo hasta que el peligro cediera, hasta que su amo se emborrachara con sus amigos y se tirara en la cama vencido por el etílico, a veces a nada más que manosearla y babosearla. Nunca encendía la luz en la intimidad para que él no descubriera los gestos de repugnancia que le provocaban su boca, sus manos y su pene en su cuerpo. Siempre rogaba que fuera rápido y con el pretexto del calor, se bañaba tras cada coito para que en ella no quedara rastros de sus fluidos. Y el se jactaba orgulloso de tener la mujer más limpia del país. Ironías de la vida. 

El Día de las Madres del año siguiente, la madre de Adelaida aprovechó la ocasión para plantear el tema de los estudios de la joven delante de su esposo y Narciso a lo que éste último se opuso sin que la mujer hallara apoyo en su esposo, que siempre se sentía distinguido con la visita del marido de su hija, que vestía elegante, en comparación con los hombres de Monte Bonito, y le brindaba buenas bebidas. Para él, Narciso era un semi dios, alguien por encima de los mortales, pero con quien él mantenía un vínculo especial, vínculo que tenía un nombre y un cuerpo femeninos y que él no representaba más que como contraparte de un acuerdo que no tomaba en cuenta la opinión de esa mujer.

Si uté quiere que su hija etudie, se la pueo devolvé pa’ que la ponga uté a la ecuela. Pero mientra sea mi mujé, no va a etudiá. Yo no tengo etudio ¿Por qué mi mujé tiene que tené etudio?

Las comisuras de la boca se le iban de lado mientras escupía esas palabras, que lanzaba con cierto desprecio que nacía de su propia frustración. Narciso, siendo un hombre del campo, había logrado ascender en el sindicato del transporte de carga. Tenía una buena vida, pero no dejaba de ser un campesino nacido y criado en El Salado de Galván, en Bahoruco, y esa realidad le dolía, aunque no lo expresara. Podía tener muchas cosas, pero hasta un límite, porque nunca sería como un Pepín Corripio: Un hombre blanco, con formación y con dinero. A él le faltaba la tez blanca y la formación. El dinero le abría muchas puertas, pero no todas, y algunas de las que les abrían era por conveniencia para el anfitrión, porque algo le sacaría a ese negro inculto de El Salado.

Así empezaron a pasar los años para Adelaida en esa vida de “esposa”, por lo que consideraba la palabra esposa toda una alegoría de la esclavitud moderna y rehusó a ser llamada la “esposa de Mateo”, porque quien estaba esposada era ella, quien había perdido la libertad y capacidad de movimiento (físico y mental), era ella. Y  a la casa materna no podía volver porque su padre no estaba de acuerdo con que ella se separara del gran Naciso Mateo. -La mujé tiene que etá al lao' de su marío. Yo aquí no te quiero. Ese e’ un buen hombre. Tú lo que quiere e’ vení pa’ acá’ pa cogé la calle, pero solo yo difundo-, le decía.

Las tres comidas nunca le faltaron a Adelaida, ni buena ropa ni zapatos, tampoco las lágrimas, las que siempre trataba de ocultar para no provocar la ira de su amo y señor. Prefería estar harapienta y hambrienta, pero ser feliz, poder salir de la casa sola, poder ir de tienda sola, poder ir a su casa en el campo sola, poder salir con amigas y primas, poder visitar a sus hermanos en la Capital. A sus veinte años, se había convertido en un apéndice de Narciso Mateo, algo así como un dedo cinqueño, que está ahí porque ocupa un espacio, pero que no significa nada para sí mismo. 

Con los años, fue aprendiendo algunas habilidades de estilismo gracias a sus vecinas, como lavar el pelo, hacer rolos, pasar el blower, hacer manicure y pedicure, y el marido –como era una actividad productiva que podía hacer sin salir de la casa-, le compró lo necesario para instalar un salón modesto en una de las habitaciones vacías, pero con la condición de que ella pagara la electricidad de la casa, a lo que ella accedió con tal de hacer algo con y por su vida. “Salón Adelaida”, decía un letrero de dos aguas que mandó a hacer y que ponía en la acera y sacaba y entraba todos los días. La clientela fue creciendo y al cabo de cinco años Adelaida tenía un negocio próspero, a pesar de que debía pagar la electricidad de toda la casa, incluido el consumo del aparato de música que alegraba las tardes y los fines de semana a Narciso mientras empinaba el codo con sus etílicos amigos.

Adelaida fue dejando de ser una niña bonita de Monte Bonito para transformarse en una mujer madura de una ciudad de la que ella no podía disfrutar ni formaba parte, y acosada, además de las exigencias domésticas de su esposo, por la grasa corporal. Prominentes busto, cadera y glúteos, que aunque distantes de una fisonomía saludable, hacían sentir orgulloso a Narciso de tener a una "buena hembra" para exhibir ante sus amigos de bebida, aunque ya la diabetes estaba arruinando lo poco que le quedaba de su mal llamada hombría.

Al paso de los años, la mujer debió ir asumiendo más compromisos económicos de la casa, pues las finanzas de Narciso no iban bien. Los negocios estaban en picada y algunos préstamos sin honrar hicieron estragos en su patrimonio. Lo único que se mantenía en pie, era su no reconocido alcoholismo. Adelaida además de pagar la electricidad, asumía el pago de las cuentas de teléfono, agua, basura, y aportaba bastante para la comida. Por suerte la casa era propia, y no tenía que pagar alquiler. La mujer se pasaba los días cocinando, limpiando, lavando, atendiendo a un marido que tres veces al día requería medicinas y para  lo cual ella debía buscar y ponerle en las manos el agua y las pastillas; ayuda que él no solicitaba para beber con sus amigos. También debía atender a las clientas del salón porque de allí salía el dinero para los gastos de la casa, prácticamente Narciso solo le daba el techo. Y así continuaron pasando los años, porque a todo esto: Se vería mal que ella se fuera y lo dejara en esas condiciones, viejo, enfermo y arruinado.

Pero la vida se le iba, se secaba como se secan las norias en los campos, dejando la huella de lo que una vez fue y no volverá. Ya con 40 años, gorda, sin hijos, ¿Qué podía hacer ella? Pensaba que poco. No tenía nada qué perder y la consolaba la posibilidad de que a la muerte de Narciso ella pudiera seguir en la casa, si sus hijos lo permitían. ¡Tanto sacrificio por un rancho! Eso es injusto. Un día vió en la televisión las imágenes de un gran terremoto en un país lejísimo por allá y pensó: “Y si aquí tiembla la tierra así y esta casa se desploma, y yo aquí esperando a ver si al menos me queda este rancho de consuelo por los años perdidos con este hombre. ¡Carajo! Debo desear y luchar por algo que me de felicidad, pero ¿Qué es la felicidad? ¿Qué me da felicidad? Con cuatro décadas arriba, no lo sabía, no tenía respuestas a esas preguntas, había olvidado ser feliz en esos veintidós años junto a Narciso Mateo, el hombre duro del transporte en el Suroeste. Pasó varias noches sin conseguir el sueño, mirando hacia el techo, buscando esos momentos efímeros de felicidad para hilarlos a su vida presente, para reconocerse a sí en un estado mental menos oprimente que el actual.

Para reconocerse feliz tuvo que viajar a través del tiempo a su infancia en Monte Bonito, verse en el hogar materno, junto a su madre, padre y hermanos. Recordar la escuela, las amigas, los maestros, las fiestas patronales, las rondas en el parque, la primera vez que se enamoró, su primer beso: Todo eso la hizo feliz, y todo eso era el opuesto de Narciso Mateo. ¿Qué es entonces lo que debo hacer?


“Si la felicidad fue en mi infancia y adolescencia, y Narciso me hace infeliz, qué es aquello que me hace infeliz con él y que está del otro lado de mi vida”. Fue sencillo obtener el resultado de esa ecuación vital: Carecía de libertad. Saltó de la cama de un brinco -como un resorte cuando que se le ha dejado de hacer presión- al descubrir cuál era el tesoro que debía de buscar para darle sentido a su vida: “Libertad”. No durmió en toda esa noche, y a pesar del ruido que hacía, Narciso no despertó en ningún momento, durmió mondo y lirondo, como sólo él lo sabía hacer.

A la mañana siguiente, Adelaida recibió a su marido en la cocina con un suculento desayuno: Mangú con huevo y salchichón fritos, y una tajada de aguacate. Ella estaba aseada, bien vestida y animada. Narciso puso su rostro de lado para poder entender lo que sus ojos veían, como hacen algunos perros cuando los humanos les hablan. "Porque ¿No será que piensa pedirme algo?", pensó mientras terminaba de sentarse a la mesa, y en ese preciso instante alcanzó a ver una maleta y un par de bultos cerca de la puerta de la casa.

¿Quién llegó? Preguntó mientras con su barbilla apuntaba hacia la puerta.
-Nadie, querido.-  Y ese querido le salió con un gusto que solo la sorna puede dar.
Y esos bultos, ¿De quién son?
-Míos.-
¿Y qué hacen ahí?
-Pues que me voy, querido.-

Las mandíbulas del hombre se separaron a la par que abría bien sus ojos para que las palabras que habían entrado por sus oídos y no podía comprender también entraran por sus ojos a ver si así asimilaba lo que estaba sucediendo esa mañana en su casa. Y ella prosiguió con todo el empuje que le dieron las palabras que acababa de pronunciar.

-Así como lo estás escuchando: Me voy. Me harté de ser tu esclava, tu servicio doméstico, tu enfermera... Y así como tú no quisiste invertir en mis estudios, con la misma moneda te pago: No es verdad que el sudor de mi frente yo lo voy a invertir en un viejo cagalitroso como tú.  Toma todo tu dinero y poder para que pagues quien te cuide.-

Y mientras decía esto, Adelaida tiraba el paño de cocina que tenía en las manos y caminaba hacia la puerta como un bólido recién escapado de un puño férreo en el que estuvo contenido por veintidós largos años. Abrió la puerta y tomó su maleta y bultos con un poco de dificultad por el peso de éstos y sus caderas a la vez (la mujer que salía no era la misma que había entrado, ya no tenía el cuerpo espigado ni esa agilidad púber), pero decidida, dando tras de sí un portazo que se escuchó en toda la calle, y quizá en las calles contiguas. Y allí, sentado en el comedor, se quedó Narciso Mateo, perplejo: Con su casa, sus muebles, su vieja jeepeta en la marquesina, decenas de botellas de whisky, ron y cerveza vacías debajo del fregadero, en sacos y en el patio, pero la casa aún con el toque de higiene, dedicación y alegría que toda mujer le da, y que se va perdiendo lenta pero indefectiblemente cuando ella se ha ido.


* Este cuento formará parte de 'Burbujas en el tiempo', cuentos y poemas de la autoría de Patricia Báez Martínez.



miércoles, 6 de septiembre de 2017

Carta para Daniel


Cuento que formará parte de 'Burbujas en el tiempo' 
de la autoría de Patricia Báez M.


-Pues, vale, me parece fenomenal que nos tomemos unos traguillos después de la conferencia y así disipamos un poco todos los rollos del trabajo-.

Daniel cerró el auricular del teléfono y se vistió impecable para el evento, no era para menos, presentaría los resultados de diez años de investigación sobre la criogénesis. Corría el mes de septiembre y ya hacía un poco de frío en la ciudad por lo que no olvidó el sobretodo. Tomó un taxi a la salida del condominio y le indicó al chofer que le llevara hasta la universidad estatal. Pagó con un billete de cien y se desmontó; caminó por los jardines de la academia hasta acceder a los pasillos. Al llegar a la explanada vio que habían fuera algunas personas: Buen pronóstico (pensó). Le saludaron con admiración y respeto y al abrir la puerta, le agradó aún más ver el salón lleno, estaban sus colegas, algunos amigos, y, por supuesto, los periodistas, éstos cada vez más jóvenes y estúpidos.

-El estudio que pretendo presentaros esta noche lo hemos titulado ‘El uso de la criogenia en la neurociencia…’. Daniel, tras algunos titubeos, se montó sobre la experiencia de su trabajo de varios años como un surfista se monta sobre la gran ola de su vida, en principio temeroso y titubeante, pero luego relajado por el dominio de la tabla sobre las aguas. Tras 49 minutos ante el micrófono y media hora más de preguntas y repuestas, el público quedó más que satisfecho, pero no más que el biotecnólogo.

Ey, Ricardo, ¿qué te ha parecido el tema?
Fenomenal, interesantísimo. Esperemos que ahora el Consejo Universitario no pueda seguir ignorándote y te nombre coordinador de la cátedra de Biotecnología.
-Pues ya a mi me importa un pepino lo que hagan esos huevones, me he cagado en su puta madre con esta presentación. Allá ellos. Vámonos que si seguimos aquí se nos hará muy tarde.
-Ven, mi coche está en el aparcamiento del ala B-.

-Qué vas a tomar tú-.
-Lo de siempre: Vino-.
-Pues una copa de vino y un coñac…No mires ahora hacia atrás, pero hay un par de chicas que desde que llegamos están mirando hacia esta mesa-
-Ah, no me interesa-.
-Pues qué te pasa, chaval, no me digas que te vas a declarar marica-.
-Para nada. Solo que solo me interesa el sexo de forma casual, sin preámbulos medievales ni compromisos-.
-¿Y qué ha sido de Adriana?-
Había llegado el momento de la pregunta inoportuna para los heridos de amor.
-Nada, no sé nada de ella, sus libros siguen saliendo con la misma biografía de autor: Aparentemente no hay nada nuevo-.
-Pero que eres terco, ¿Por qué no le has llamado o te has inventado un encuentro fortuito? Con tan buena sesera para pensar-
-¿Para qué?
-¿Cómo que para qué? Para revivir para ver cómo reacciona, si se ha dado cuenta que te quiere, si está sola-.
-¿Para qué quiero yo un “encuentro fortuito” con una poeta que luego de romper conmigo no ha escrito un solo poema sobre nuestra relación, sobre mí, sobre nuestro amor, sobre nuestro perro, sobre nada?-
Su sangre se había acelerado y sus mejillas y frente eran ya del color del arándano.
-¿Y cómo sabes si no los ha escrito?-
-Pues si los ha escrito, ha debido publicarlos-.
-Y a mi qué me importa un pepino si me escribe a mi o al diablo, lo importante es que me quiera, chaval, que me haga sentir bien y yo a ella-.
-Mira, Ricardo: Yo no pasé por su vida, eso es lo que me dicen sus últimos libros. Ni en una estúpida dedicatoria ha escrito ella mi nombre. No existí, no fui nada, esos cinco años juntos no se merecen ni un título de uno de sus poemas-.
-Pues allá tú, a mi me parece que te precipitas en las lecturas externas-.

Terminó de transcurrir ese año sin novedad para él fuera de las conferencias y las entrevistas en los medios de comunicación sobre los hallazgos de la investigación. Una Navidad sin festejos, solo cumplir con su madre y hermana en Nochebuena para que ambas quedaran complacidas en caso de que fuera el último año de vida de la progenitora. Nostalgia por las navidades pasadas junto a Adriana, por la decoración que a punta de amenazas le obligó a colocar –a regaña dientes- en el árbol navideño y la puerta de la casa; las reuniones con amigos, todos o casi todos en pareja, que provocaban en él esa sensación de plenitud; el abrigo rojo que ella le tejió la primera Navidad juntos… En fin, todo un rosario de recuerdos que era mejor retorcer entre las manos para no verlo, para que no doliera más. Llegó a imaginarla en esos días. Unas veces la pensó, como siempre: Risueña y feliz, entre amigos, familiares y, quizá, ¿Quién sabe? Al lado de una nueva pareja, y le dolió en lo más profundo de su ser, a lo que su cerebro hilvanó de inmediato otro pensamiento para contrarrestar el aguijonazo. Ella quizá estaba sola en esos precisos momentos  igual que él, tomándose una copa de vino y leyendo alguna novela contemporánea recostada en el sofá, mientras con el índice izquierdo se rizaba un mechón de su cabello recién lavado, señal de que no estaba del todo relajada, de que algún pensamiento o sentimiento la inquietaba.

La última noche de ese año fue la más larga para él, pues sentado ante el computador escuchó el enfrentamiento entre los equipos de música de sus vecinos del condominio y los bocinazos de vehículos en la vía, también las risas y gritos y los consabidos fuegos artificiales. Le molestó tanta y prolongada felicidad ajena, cuando apenas a él le acompañaban el piso, los muebles y la computadora. Extrañó el calor humano que tanto rechazó y que fue motivo de tantas discusiones.

Una de las primeras mañanas del nuevo año, despertó junto a la certeza de que la buscaría, le pediría perdón y que regresara a la casa. Se lanzó de la cama con la decisión de su vida en los músculos. Mientras se bañaba y afeitaba pensaba a cuál de sus amigos le pediría su nueva dirección y número de teléfono. No, mejor a su editor. Sí, Carlos es la persona indicada para darme su ubicación. Se vistió con ropa diferente a la que usaba habitualmente para ir a la universidad o al laboratorio: Unos jeans negros, camisa azul, sweter blanco con rombos negros y grises, sobretodo color camel y zapatos de gamuza a juego.

Bajó del piso y entró a la barra por un café sin antes comprar el periódico, como de costumbre. Esta vez no se sentó en la mesa de la esquina para dos, sino en la barra para no perder tiempo en ceremonias de clase media. Se tomó un capuchino sin crema, pagó con un billete y se retiró. Pasó por el quiosco de Paco abrochándose el sobretodo por el frío y éste le tuvo que gritar para que reparara en el diario. Pensó en seguir, pero no quiso hacerle el desaire al viejo veterano y retrocedió tras sus pasos para tomar el Milenium entre sus manos, y mientras sacaba unas monedas del sobretodo para pagar, sacudió el diario para ver los titulares de la mitad superior de la primera plana. “Gobierno pacta con productores de trigo”, “Acusan a juez Amorós de prevaricación”, y en la esquina derecha superior: “Se suicida catedrática y deja carta para Daniel”. Un hueco se instaló en su estómago, las piernas le fallaron, sintió que empezaba a sudar, la saliva tenía un sabor diferente, algo así como plomo, y -casi a tientas- pudo alcanzar la silla del viejo porque en ningún momento quitó la vista del diario.

“Fue hallado sin vida el cuerpo de la catedrática de literatura Adriana Dávalos, de 41 años…”. En ese instante, lágrimas discretas empezaron a descender por sus mejillas, mientras la incredulidad del evento lo empujaba a seguir leyendo. “… en su piso de la calle Cervantes número 146. (Si hubiese investigado antes su dirección, si la hubiese buscado, quizá la hubiese disuadido de esta locura, y estalló en un llanto sonoro que acaparó la atención del viejo y la señora que le compraba flores). “…Se presume que la autora de ‘Estatuas de sal’ se habría quitado la vida al ingerir una sustancia aún no analizada por los peritos del Instituto de Ciencias Forenses. Junto a la dama fue hallada una carta dirigida a Daniel”. No soportó más y corrió echando chillidos de dolor hacia su apartamento, mientras las manos temblaban y no le ayudaban para abrir la puerta.
Ya dentro, se sentó al filo del sofá y continuó leyendo. La puerta aún seguía abierta.

“Amado Daniel:

Desde nuestra separación han transcurrido exactamente dos años sin que en ese tiempo te hayas dignado a saber de mí. Sé que fui yo quien tomó la decisión de irse del piso, pero esperaba, aún contra la racionalidad por la que me fui, que me buscaras. Eso nunca sucedió, y me partió el alma. Imagino que seguiste igual de ocupado con tu investigación y no tuviste tiempo para echarme de menos. Lo entiendo. La ciencia y los aportes a la humanidad están por encima de cualquier amor, incluido el mío, que quizá no tuvo nada de especial.

Te felicito y me alegro de que hayas logrado tu objetivo. Sé lo importante que era para ti esa investigación.

No me aparté de ti porque te había dejado de querer, como te dije. Esa fue la excusa más barata que hallé de todas las que podía esgrimir en ese momento. Te amé y te amo hasta este preciso instante en que he decidido quitarme la vida. No sé si existe la eternidad, pero si existe y los amores migran, allá también te querré.

Fui diagnosticada con un cáncer de seno muy agresivo y no quise empujarte conmigo a esta desgracia. No creo tendrías tiempo para la universidad, la investigación y una mujer enferma. Tampoco quería tu lástima. Eres tan ermitaño; no creo soportarías el piso lleno de familiares y amigos que querrían verme en esos momentos difíciles, por lo que estar cerca de mi familia me pareció la mejor opción.

Vine a mi provincia tras el diagnóstico y estuve luchando, batallando con todas mis fuerzas, por mí, por ti (aunque no lo supieras),  pero perdí la batalla. El cáncer ha hecho varias metástasis, y no deseo continuar ni la radio ni la quimioterapia. Tampoco me voy a someter a una nueva cirugía. Lo conversé con mis padres y ambos han aceptado mi decisión de partir de este mundo con dignidad. De ellos me he despedido, pero de ti no.

Lamento que las cosas no pudieran ser como alguna vez las planeamos. A pesar de los altos y bajos, viví los mejores años de mi vida a tu lado, y en mis momentos de dolor físico, me transportaba a ellos para revivirlo. Pude olerte, tocarte, sentirte, dejarme tocar por la brisa en el ventanal de nuestro piso, oler el aroma del té de manzanilla. Muchas veces caminé por nuestra casa mentalmente para aliviar el dolor y el ardor. El poder de la mente es maravilloso. Deberías investigar sobre ello.

Nuestro perro está ahora con mi madre, esperando que lo recojas para irse contigo. Tiene las mismas costumbres que le dimos, nada ha cambiado para él, excepto que no has estado estos años. Con ella también te dejo el borrador de ‘Cartas sin destino’, es mi último libro. Por favor, hazlo llegar a Carlos, él sabrá qué hacer él.

No espero ni pido más nada de ti, pues no sé si las almas existen, si te podré ver o escuchar si alguna vez visitas mi tumba aquí en Aguas Claras; por lo tanto, no pediré nada que caiga en el plano de las suposiciones. Me basta con lo vivido a tu lado, con todo lo hermoso que me diste cuando se pudo, no importa si fue mucho o poco, existió, fue real e irrepetible.

Te amé y te amo.

AD”.

* Este cuento formará parte de 'Burbujas en el tiempo', cuentos y poemas de la autoría de Patricia Báez. 



miércoles, 9 de agosto de 2017

Respuesta a Víctor Masalles

Por Patricia Báez Martínez

Señor Masalles, en ocasión del desafortunado evento que le costó la vida al adolescente Fernelis Carrión Saviñón a manos de un sacerdote pedófilo, hecho que ha conmocionado a toda la sociedad dominicana, usted ha externado una opinión casi desafortunada, pero que en el momento le permitió salir al paso de la presión social y de los medios de comunicación. “El abuso y la violencia deben llevar a la justicia al que lo comete, y no importa la investidura tenga. Me uno en oración al dolor y al clamor de justicia de la familia de Fernely Carrión y de toda la sociedad”, dijo usted en su cuenta social de Twitter, según los medios de comunicación.

El problema, Señor Masalles, es que no se trata de un abuso o de un abuso cualquiera, sino de un abuso con apellido, y no cualquiera: Abuso SEXUAL. No se trata de que se me haya impedido abordar el Metro de Santo Domingo por llevar puesta una franela de Marcha Verde ni de que dos distinguidas dominicanas hayan sido impedidas de entrar a México y devueltas al país sin recibir explicación alguna, no. Estamos hablando de llevar a una persona, en este caso un menor de edad, a sostener relaciones sexuales con un adulto del mismo sexo, no sabemos si haciendo uso de la fuerza física. Por demás, se trata de unas relaciones sexuales que se producen en el contexto de unas relaciones sociales e interpersonales desiguales: sacerdote Vs. monaguillo, blanco Vs. negro, acomodado Vs. pobre. Por lo que no se puede descartar el acoso sexual previo al abuso sexual, otro delito contemplado en legislación dominicana.

Violencia, violencia es cualquier cosa: Un empujón, una palabra descompuesta… pero el homicidio/asesinato es la máxima expresión de la violencia, Señor Masalles. En el caso de la violencia de género, violencia es un ojo morado (uno de los primeros escalones de la violencia) y feminicidio (el final de la escalera y escalada violencia) es la muerte de una mujer a manos de un hombre por el solo hecho de ser mujer. Si a ver vamos, podríamos catalogar el asesinato de Fernelis Carrión como un feminicidio de la iglesia Católica dominicana, pues es una víctima de la violencia de género, siendo que se produce su muerte violenta en el marco de una relación sexual-sentimental, y las feministas propugnamos porque las muertes de Lesbianas, Bisexuales, Gays, personas Trans e Intersexuales a mano de sus parejas, ex parejas o por el hecho de ser LBGTI, sean tipificadas como feminicidio.

Cuando usted usa el verbo DEBEN, Señor Masalles, deja a la buena voluntad, a la suerte, al azar, esos hechos punibles. El deber ser es una apuesta, un deseo, un ideal. Entre el deber ser y la realidad media la acción. Un deseo sin acción difícilmente se haga realidad, y cuando usted usa el verbo deben no envía un mensaje claro a la sociedad y al sistema judicial de que a la iglesia que usted representa le interesa que este caso se investigue y se haga justicia. De yo haber estado en sus zapatos al momento de twittear, hubiese escrito: El abuso sexual y el asesinato TIENEN que ser castigados… Me parece que el mensaje es más claro, transmite más que una voluntad personal e institucional, un mensaje al sistema de justicia: Haga su trabajo (aunque solo sea de mentiritas).

Los dominicanos y dominicanas estamos hasta la coronilla del Concordato, de los abusos sexuales de los sacerdotes contra monjas, monaguillos y feligresía, pero estamos más hartos de que adoleciendo la iglesia de tan poca moral, se empeñe en oponerse al aborto por las tres causales, constituyéndose en un obstáculo a la libre elección al aborto en caso de violación sexual/incesto, riesgo para la vida de la madre o inviabilidad del feto, en un acto de violencia de género que se constituye en un crimen de lesa humanidad contra una población indefensa, tan indefensa como Fernelis Carrión Saviñón, como los niños del Hogar Infantil Católico Francisco Javier de Higuey (cuyos acusados de violación sexual resultaron oportunamente muertos), como las víctimas del ex nuncio Wesolowsky (oportunamente muerto), o del “padre” Alberto o del “padre” Johnny… la lista es interminable, y usted lo sabe -es evidente que la iglesia Católica tiene más trabajo dentro que fuera-. Y vamos a seguir luchando, ahora con más razón y fuerzas, por cortar los tentáculos de ésta que sofocan nuestra sociedad.

La autora es periodista y politóloga.

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